Hay futbolistas que se miden por títulos. Otros, por emociones. Neymar Jr. pertenece a ese segundo grupo. Uno de los jugadores más talentosos que regaló el fútbol moderno volvió a despedirse de una Copa del Mundo y, una vez más, el sueño de levantar el trofeo más deseado quedó inconcluso.

La derrota de Brasil frente a Noruega no solo significó una eliminación inesperada. También dejó la sensación de que una era comienza lentamente a bajar el telón. Porque nadie sabe si este fue el último Mundial de Neymar. Tendrá una nueva oportunidad dentro de cuatro años, es cierto, pero el fútbol no suele hacer promesas y el tiempo jamás juega a favor.

Resulta extraño hablar de Neymar sin pensar en todo lo que sí consiguió. Campeón de la Copa Libertadores con Santos, figura del histórico Barcelona de Luis Enrique, protagonista de una de las remontadas más increíbles de la historia de la Champions League con el Paris Saint-Germain y máximo goleador de la historia de la selección brasileña. Su carrera está repleta de momentos inolvidables.

Sin embargo, siempre existió un vacío imposible de llenar: la Copa del Mundo.

Brasil, el país que convirtió el fútbol en una forma de vivir, siempre deposita sobre sus grandes figuras una responsabilidad distinta. A Pelé, Romário, Ronaldo, Rivaldo, Ronaldinho o Kaká se los recuerda, además de por su talento, por haber llevado la camiseta amarilla hasta la gloria máxima. Neymar, en cambio, cargó durante más de una década con ese peso sobre los hombros sin poder romper la maldición.

Y no fue por falta de fútbol.

Pocas veces un jugador fue tan determinante en el uno contra uno. Neymar convirtió la gambeta en un espectáculo, hizo de la pausa un arte y transformó cada pelota en una posibilidad de inventar algo diferente. Durante años fue el futbolista capaz de sentarse en la misma mesa que Lionel Messi y Cristiano Ronaldo cuando parecía imposible discutir ese reinado.

Pero el destino también juega.

Las lesiones aparecieron siempre en el momento menos indicado. El golpe en la espalda que lo dejó afuera del tramo decisivo del Mundial 2014, los problemas físicos que condicionaron su preparación para Rusia, las lágrimas en Qatar tras otra eliminación dolorosa y ahora este nuevo golpe en 2026 forman parte de una historia que nunca terminó de escribirse como él la soñó.

Su mejor actuación mundialista seguirá siendo aquella de Rusia 2018, donde Brasil alcanzó los cuartos de final antes de caer frente a Bélgica. A partir de allí, cada intento terminó alimentando una sensación de deuda permanente con un país que vive cada Mundial como una cuestión de Estado.

Quizás ahí radique la mayor injusticia del fútbol. Porque la Copa del Mundo no siempre termina premiando al mejor jugador. Muchas veces necesita de un equipo, de un contexto y hasta de ese pequeño margen de fortuna que separa la gloria del lamento.

Neymar fue, es y será uno de los grandes talentos de su generación. Un futbolista que marcó una época, que inspiró a millones de chicos a jugar con una sonrisa y que devolvió a la gambeta el lugar que nunca debió perder.

Tal vez por eso duele tanto verlo irse otra vez.

Porque, cuando pasen los años, probablemente nadie discuta que fue uno de los mejores jugadores de la era moderna. Pero también quedará escrito que integró una lista muy corta y dolorosa: la de esos cracks brasileños que jamás pudieron conquistar una Copa del Mundo.

El príncipe lo intentó una y otra vez. El fútbol, ese deporte tan maravilloso como cruel, nunca le permitió convertirse en rey.

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