Los flashes se los llevó Lionel Messi. Los goles quedaron para Cristian Romero, el capitán y Enzo Fernández. Pero el verdadero arquitecto de la remontada argentina tuvo otro nombre: Leandro Daniel Paredes.
Hay partidos que no se explican con goles ni asistencias. Se explican con equilibrio. Con inteligencia. Con esos futbolistas que parecen no hacer ruido, pero que sostienen absolutamente todo.
Y eso fue Paredes frente a Egipto.
Llegó a este Mundial entre algodones. La lesión sufrida en la Copa Libertadores puso en duda su presencia y el propio Lionel Scaloni reconoció que el volante no había podido llegar en plenitud física. Por eso esperó su momento. No forzó. Trabajó en silencio. Hasta que el equipo lo necesitó.
Y respondió como responden los campeones.
Desde el primer minuto fue el dueño del mediocampo argentino. Siempre bien perfilado, siempre ofreciendo una línea de pase y, sobre todo, tomando decisiones correctas. En un partido donde Argentina necesitaba serenidad, él fue el jugador que nunca perdió la calma.
Los números ayudan a entender la magnitud de su actuación. Completó 119 pases, registró 11 recuperaciones y fue el futbolista con mayor cantidad de intervenciones en el encuentro, dominando el ritmo del juego de principio a fin.
Pero hubo una acción que no aparecerá en ningún resumen de goles y que, probablemente, valga tanto como el cabezazo de Enzo Fernández.
Con el marcador 2-2 y Egipto lanzado al ataque, apareció una contra que tenía olor a tragedia. Era la misma fórmula con la que los africanos habían lastimado durante todo el partido. Mohamed Salah ya empezaba a correr hacia campo abierto.
Entonces apareció él.
Una barrida perfecta. Limpia. Precisa. De esas que enseñan en las inferiores. Paredes leyó la jugada un segundo antes que todos y apagó el incendio cuando parecía imposible. Esa recuperación terminó siendo el punto de partida de la acción que, instantes después, derivó en el gol del triunfo argentino.
Eso también es jugar de cinco.
Porque ser volante central no es solamente recuperar pelotas. Es ordenar. Es hablar. Es hacer jugar a los demás. Es entender cuándo acelerar y cuándo dormir el partido. Es convertirse en el equilibrio de un equipo entero.
Leandro Paredes dio una verdadera clase de esa posición.
Quizás por eso su actuación haya sido tan valorada por quienes entienden el juego. Porque mientras todos miraban a Messi, él hacía el trabajo invisible. Ese que muchas veces pasa desapercibido, pero que resulta imprescindible para ganar partidos grandes.
El premio al mejor jugador terminó en manos del capitán. Y es imposible discutir cuando el destinatario se llama Lionel Messi.
Pero quienes vieron el partido saben que hubo otro futbolista que jugó un encuentro casi perfecto.
El hombre que volvió después de una lesión.
El que esperó sin levantar la voz.
El que manejó los hilos de la Selección en la noche más complicada del Mundial.
Leandro Daniel Paredes no solo volvió.
Dio una auténtica masterclass de cómo se juega en la mitad de la cancha.
