La derrota de Argentina en la final del Mundial abrió una herida enorme. Y cuando el dolor es tan grande, muchas veces aparecen teorías que buscan explicar lo inexplicable.
En las últimas horas comenzaron a circular versiones de todo tipo: supuestas amenazas en el vestuario, presiones de la FIFA, una supuesta decisión de quitarle la Copa a Lionel Messi por la bandera exhibida tras la semifinal e, incluso, quienes aseguran que la final estaba arreglada desde antes de jugarse.
El problema es que, hasta el momento, ninguna de esas afirmaciones fue acompañada por pruebas.
Es cierto que el partido de Argentina fue muy malo. También es cierto que hubo decisiones de Scaloni que pueden discutirse, futbolistas que estuvieron lejos de su nivel y una España que fue ampliamente superior. Todo eso forma parte del análisis deportivo.
Muy distinto es afirmar que una final del mundo fue vendida o manipulada.
En medio de las especulaciones, Carlos Mac Allister, padre de Alexis, contó que habló con su hijo después de la final y desmintió que hubiera ocurrido algo extraño en la intimidad del plantel argentino. Su versión va completamente a contramano de las teorías que se multiplicaron en redes sociales.
También aparecieron voces que pidieron analizar algunas situaciones con mayor profundidad. Entre ellas, la de Gonzalo Bonadeo, quien reconoció que hubo aspectos que le llamaron la atención. Pero una cosa es decir que hay hechos difíciles de explicar o que generan dudas, y otra muy distinta es asegurar que existió un arreglo.
Son dos planos completamente diferentes.
Porque una acusación de semejante gravedad necesita pruebas contundentes. Y hoy esas pruebas no existen.
El fútbol ya demostró muchas veces que una selección extraordinaria puede jugar su peor partido justo el día más importante. También que un rival puede imponerse con absoluta autoridad, como lo hizo España en esta final.
Quizás esa explicación resulte mucho más dolorosa para el hincha argentino.
Pero también es, hasta el momento, la única respaldada por los hechos.
Se puede discutir el planteo de Scaloni, la ausencia de Paredes, la expulsión de Enzo Fernández, las lesiones o el nivel individual de varios jugadores.
Lo que no se puede hacer es transformar rumores de redes sociales en verdades.
Porque cuando una derrota duele tanto, la tentación de buscar una explicación extraordinaria es enorme.
Pero el periodismo tiene una obligación distinta: separar las sospechas de los hechos.
Y, por ahora, los hechos dicen que Argentina jugó una mala final, España fue un justo campeón y no existe ninguna evidencia que permita sostener que el partido estuvo arreglado.
