La fotografía de Lionel Messi, inmóvil, con la mirada fija sobre Harry Kane antes del comienzo de la semifinal, recorrió el mundo en cuestión de minutos. No hizo falta una palabra. Bastó un gesto.
Y para cualquier argentino fue imposible no viajar cuarenta años atrás.
A México 1986.
A aquella imagen eterna de Diego Maradona observando desafiante a los ingleses antes del partido que terminaría convirtiéndose en una de las páginas más grandes de la historia del fútbol.
No sabemos qué pasaba por la cabeza de Messi en ese instante. Probablemente estaba concentrado, pensando únicamente en una semifinal del mundo. Pero el fútbol tiene esas casualidades que parecen escritas por alguien más.
La postura.
La mirada.
El silencio antes de la batalla.
Dos generaciones distintas. Dos capitanes. Un mismo escudo sobre el pecho.
Y, otra vez, Inglaterra enfrente.
Después llegó el partido. Messi fue el líder futbolístico de la Selección, participó en los dos goles de la remontada y llevó a Argentina a una nueva final del mundo.
Tal vez por eso la imagen ya quedó inmortalizada.
Porque no retrata solamente a un futbolista mirando a un rival.
Retrata el peso de una historia, el orgullo de una camiseta y el momento exacto en que el pasado y el presente parecieron encontrarse en una sola fotografía.
Hay fotos que se miran.
Y hay fotos que se sienten.
