Hay futbolistas que juegan bien los 90 minutos.

Y después está Lionel Andrés Messi.

Porque cuando parecía que nada le salía, cuando el partido lo incomodaba, cuando el mediocampo argentino caminaba y él recibía siempre de espaldas, rodeado y sin espacios, apareció otra vez el futbolista que cambió la historia de este deporte

El primer tiempo fue, probablemente, uno de los más incómodos de Messi en este Mundial. Se lo vio lejos del área, obligado a retroceder constantemente para tocar la pelota, sin poder acelerar, sin encontrar sociedades y, para colmo, fallando un penal. Algo que en él sigue siendo tan extraño como impactante. También tuvo un tiro libre que hizo temblar el palo, un cabezazo de Alexis Mac Allister que encontró una enorme respuesta del arquero egipcio y una asistencia para Julián Álvarez que tampoco terminó en gol.

Nada salía.

Y, sin embargo, nunca dejó de pedirla.

Porque los genios entienden los partidos. Los estudian. Los mastican. Hasta que encuentran la grieta.

En el complemento, Messi hizo algo que solo hacen los elegidos. Dejó de moverse por el centro y comenzó a recostarse sobre la banda derecha. Como si el tiempo hubiese retrocedido diez años. Como si otra vez fuera aquel Messi del Mundial de Brasil 2014, encarando desde afuera hacia adentro, encontrando espacios donde nadie más los veía.

Y ahí cambió todo.

Desde ese sector nació el centro perfecto para la aparición monumental de Cristian Romero, que descontó de cabeza cuando Argentina más lo necesitaba.

Pero Messi todavía guardaba una obra más.

Minutos después, Gonzalo Montiel le entregó una pelota incómoda, casi un ladrillo. La mayoría habría necesitado controlar. Él no. La dejó venir y sacó una volea extraordinaria, un derechazo violento, arriba, contra el palo. Un remate imposible. Un gol de otro planeta. El empate. El desahogo. El grito contenido de todo un país.

Y entonces llegaron las lágrimas.

No fueron lágrimas de felicidad únicamente. También fueron de bronca. Del peso de ese penal errado. De la presión. De entender que, incluso siendo el mejor de todos, todavía hay partidos que duelen antes de terminar. Después del encuentro, el propio Messi reconoció que lloró por la frustración que le había generado ese penal fallado, convencido de que había complicado a su equipo.

Pero otra vez escribió historia.

Con su asistencia para el gol del Cuti Romero alcanzó nueve asistencias mundialistas, convirtiéndose en el máximo asistidor de la historia de los Mundiales y superando el registro que compartía con Diego Maradona.

Y con su gol volvió a romper otra barrera imposible: se transformó en el primer futbolista en marcar en seis partidos consecutivos de eliminación directa de una Copa del Mundo, un récord que nadie había conseguido antes.

Ya no quedan récords.

Solo quedan páginas.

Páginas que Lionel Messi sigue escribiendo cuando parece que ya no hay tinta. Páginas que hacen creer que el fútbol todavía guarda lugar para los milagros.

Porque el primer tiempo fue humano.

El segundo fue de Messi.

Y, a esta altura, ya no sorprende. Simplemente hay que disfrutarlo. Porque algún día todo esto será un recuerdo. Y entonces entenderemos que tuvimos el privilegio de ver al mejor futbolista de todos los tiempos escribir su leyenda delante de nuestros ojos.

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