Hay jugadores que no necesitan medir un metro noventa para hacerse gigantes. Hay futbolistas que desafían cualquier manual, que juegan con el corazón en la mano y el alma en los botines. Lisandro «Licha» Martínez es uno de ellos.
El defensor del Manchester United fue la gran figura del sufrido triunfo de Argentina ante Cabo Verde. Un gol, una asistencia y una actuación inolvidable para conducir a la Selección a los octavos de final. Pero esta historia empezó mucho antes del pitazo inicial.
Porque para llegar a una noche así primero hubo que atravesar el infierno.
En febrero del año pasado sufrió la rotura de los ligamentos cruzados y pasó más de nueve meses lejos de las canchas. Cuando parecía que todo quedaba atrás, una nueva lesión en el sóleo volvió a frenarlo a comienzos de este año. Otra vez la rehabilitación, otra vez las dudas, otra vez la pelea silenciosa. Y, sin embargo, nunca dejó de creer.
Por eso las lágrimas después del gol no fueron una casualidad. Eran la descarga de alguien que peleó demasiado para volver a sentirse futbolista.
Todo empezó antes del primer grito argentino. En la pausa de hidratación, Lionel Scaloni le pidió que fuera el conductor de la jugada. Que no tuviera miedo. Que se animara. Y Lisandro hizo exactamente eso.
El número 6 de su espalda era una mentira piadosa. Agarró la pelota como si fuera un enganche de toda la vida, levantó la cabeza y, por un instante, el tiempo pareció detenerse. Entonces acarició la pelota. Sí, la acarició. Porque ese pase no se golpeó, no se rifó y tampoco se lanzó. Se acarició.
La pelota salió de su botín con la suavidad de un abrazo de una madre a su hijo. De esos abrazos que llegan justo cuando más los necesitás, que transmiten paz, confianza y protección. Liviana, tierna, casi suspendida en el tiempo, fue viajando hasta encontrarse con Lionel Messi. El capitán hizo lo que hacen los genios: un control celestial y un zurdazo imposible. Todos hablarán de la definición, porque cuando Messi convierte es inevitable. Pero esa obra empezó unos segundos antes, cuando Lisandro decidió dibujar fútbol en lugar de simplemente jugarlo.
Pero el destino todavía le tenía guardado algo más.
Cuando el partido se moría y Argentina caminaba por la cornisa, apareció nuevamente el «Carnicero». Tiempo suplementario. Córner de Messi. Alexis Mac Allister ganó en el aire y la pelota cayó donde tenía que caer.
Lisandro la recibió como quien sostiene el sueño de toda una vida. La acomodó con una tranquilidad impropia para semejante momento y descargó un zurdazo brutal que rompió el arco, el partido y la resistencia de Cabo Verde. El grito salió con el puño apretado, las lágrimas en los ojos y el corazón desbordado. No era solamente un gol. Eran los meses de rehabilitación, las noches de incertidumbre, el dolor, las dudas y el esfuerzo saliendo de golpe en un solo festejo.
Fue su primer gol en una Copa del Mundo. Y quizá no podía haber llegado de otra manera: salvando a su país cuando más lo necesitaba.
Hay goles que valen una clasificación. Y hay goles que, además, cuentan una historia. El de Lisandro fue de esos que no se olvidan jamás.
No fue solamente un gol. Fue el premio a la resiliencia. Fue el desahogo de meses enteros de sacrificio. Fue la revancha que el fútbol, de vez en cuando, les regala a quienes jamás dejan de intentarlo.
Mide apenas 1,75 metros, pero en la cancha parece de cinco. Choca como un camión, gana cada duelo como si fuera el último y juega con una personalidad que no entra en ninguna estadística. Es un defensor que marca como un zaguero de los de antes y distribuye la pelota con la sensibilidad de un volante creativo. Esa mezcla es la que lo hace diferente.
Argentina sufrió muchísimo. Más de lo imaginado. Cabo Verde obligó a la Scaloneta a jugar uno de sus partidos más incómodos del Mundial. Pero cuando el equipo necesitó un héroe inesperado, apareció él.
El ex Defensa y Justicia sacó dos conejos de la galera: una asistencia para el mejor jugador de todos los tiempos y el primer gol mundialista de su carrera. Dos intervenciones que valieron una clasificación.
A veces el fútbol es justo.
Porque después de tanto dolor, de tantas horas de rehabilitación y de tantas veces levantarse cuando parecía imposible, el destino le debía una noche así.
Y esta vez se la pagó completa.
