La Selección le ganó 2-1 a Inglaterra con goles de Enzo Fernández y Lautaro Martínez, dio vuelta un partido bravísimo y buscará defender el título del mundo el próximo domingo frente a España.

Argentina e Inglaterra volvieron a escribir un capítulo inolvidable de una rivalidad que atraviesa generaciones. Fue una semifinal durísima, de esas que se juegan con el corazón en la mano y el cuchillo entre los dientes. Hubo patadas, empujones, discusiones y muy poco margen para equivocarse. El árbitro nunca logró controlar el clima de un encuentro que, por momentos, se le fue completamente de las manos.

Antes de que rodara la pelota ya había un ganador: El pueblo argentino.

Miles de hinchas albicelestes coparon el estadio y, en un momento que quedará para siempre, taparon con sus cánticos el himno inglés. Después llegó el nuestro. Y los jugadores lo cantaron con el alma. Con los ojos cerrados. Con los puños apretados. Como entendiendo que no era un partido más.

El primer tiempo fue cerrado, físico y con muy pocas situaciones. Inglaterra encontró la ventaja en en segundo tiempo en una de las pocas aproximaciones que tuvo. Tras una mala salida argentina, llego un centro en el que, Nahuel Molina perdió la referencia y Anthony Gordon apareció para empujar el fútbol. Poco pudo hacer el Dibu Martínez, aunque quizás quedó la sensación de que la respuesta pudo haber sido mejor.

El golpe no cambió el partido.

Lo cambió Messi.

A partir del gol inglés empezó otro encuentro. El capitán comenzó a recibir más la pelota, retrocedió para organizar cada ataque y se hizo dueño absoluto del juego. Inglaterra prácticamente renunció a atacar y Argentina empezó a inclinar la cancha.

Primero avisó Nicolás González con un cabezazo que encontró una enorme respuesta de Jordan Pickford. Después llegó un remate de Enzo Fernández que volvió a exigir al arquero inglés. Más tarde, un disparo de Alexis Mac Allister reventó el palo cuando todo el estadio ya gritaba el empate.

Parecía una de esas noches en las que la pelota no quería entrar.

Hasta que apareció la inteligencia del mejor futbolista del mundo.

En un córner jugado en corto, Messi recibió, atrajo a dos defensores con un simple movimiento de cuerpo y liberó el espacio justo para Enzo Fernández. El volante controló, levantó la cabeza y sacó un derechazo extraordinario, con una rosca perfecta que dejó sin posibilidades a Pickford.

Golazo. Delirio. Justicia.

Argentina estaba otra vez en partido.

Y cuando Inglaterra todavía intentaba acomodarse al golpe, volvió a aparecer el capitán.

Messi desbordó por el sector derecho, levantó la cabeza y dibujó un centro milimétrico, de esos que solamente él puede imaginar. (encima de derecha) En el corazón del área apareció Lautaro Martínez, que ganó de cabeza y puso el 2-1 para desatar una locura indescriptible en las tribunas argentinas.

Los últimos minutos fueron de pura entrega. Inglaterra empujó con más orgullo que fútbol, mientras Argentina defendió cada pelota como si fuera la última. Cuando sonó el pitazo final, llegó el desahogo.

Otra vez.

Como en Qatar.

Como tantas veces con esta generación.

Argentina está nuevamente en la final de una Copa del Mundo.

Habrá tiempo para analizar rendimientos individuales, planteos tácticos y estadísticas.

Hoy es momento de disfrutar.

Porque este grupo de jugadores volvió a demostrar que nunca deja de creer. Porque Lionel Messi volvió a conducir a un país entero con la pelota en los pies. Porque la ilusión sigue intacta.

El próximo domingo espera España.

Noventa minutos separan a la Selección de hacer historia una vez más.

Estamos otra vez en la final del mundo.

Y eso, simplemente, es maravilloso.

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